18 de junio de 2017

Amistades, algunas peligrosas.



Me preguntaba qué hacía en ese lugar, llevaba media hora esperando a mi amiga que parecía había olvidado la cita que tenían planeada. Hacía cinco años que no nos veíamos, desde que acabamos el instituto. Fue un momento de debilidad nostálgica que me hizo buscar su nombre en Facebook, se suponía que nunca le perdonaría que me arrebatara a aquel chico inglés, tan genuino e irresistible, que siempre iba detrás nuestra y con el que había comenzado una ligera pero insinuadora amistad que me había robado las horas de sueño durante las últimas semanas de clases.
El parque junto al instituto en el que habíamos quedado para rememorar esas horas de felicidad estudiantil apenas había cambiado, solo había puesto una pequeña zona recreativa para niños que razonablemente había espantado a los estudiantes que allí pasaban las horas lectivas y no lectivas. Mis compañeros y yo habíamos pasado tanto tiempo en esos bancos que no me esperaba que lo que había sido un ghetto de jóvenes insensatos fuese en ese momento un idílico lugar infantil donde adultos responsables llevaban las mañanas y las tardes a sus pequeños retoños.
 Por fin oí una voz que me resultaba familiar sobresaliendo algo desesperada entre la multitud de criaturas que jugaban allí al lado.
—John, vamos ¡¿no ves que llego tarde a una cita?!
Esa voz, ese nombre, John, John Willoughby. Ese chiquillo que mi amiga traía casi a rastras hacia el banco en el que yo estaba esperando… estragos en mis entrañas.  Me dirigí hacia ella y le di un abrazo que me salió del fondo del corazón, después de todo ¡cómo había echado de menos a aquella loca!
Después de ponernos al día, quizás debí agradecerle lo que es su día digerí amargamente como una traición, pero no lo hice. Cogí entre mis manos la carita del joven John y observé la elocuente mirada azul que en su día debió tener su seductor progenitor; no tuve más remedio que mirar a mi amiga a los ojos con cara de reproche y decirle:
 —Tienes delito, encima le pones su nombre.

De Rosa García para El sitio de Jane. Microrrelato.

12 de junio de 2017

Siempre en casa

Fotografía de Rosa García



—¿Cómo estás Soledad? —  fue la pregunta que lanzó al aire de su reconfortante hogar nada más entrar. Inspirando hondamente el ambiente enclaustrado se dirigió a la ventana que daba al patio y la abrió de par en par, en ese instante fue testigo de un misterioso complot entre las ramas del árbol y el viento, que zarandeando los dormidos tallos, hizo caer en un enlazado baile las últimas hojas secas.  Soledad se mostró tan singularmente hermosa y taciturna como siempre. Él, agradecido por la bienvenida no supo qué contestarle, simplemente sonrió y se dejó acariciar por el frescor que invadió su casa. 

 De Rosa García para #palabrasalviento